Hay un antes y un después en mi vida. La tarde de ayer significa eso. Otro antes y un después de la tarde de ayer...
A ver, compré los cristales el jueves, a última hora del día. Duda me acompañó y primero fuimos a la tienda que yo tenía prevista, un pequeño establecimiento que descubrí hace varios meses en una de las dos calles soportaladas del casco antiguo de la ciudad, y que se dedica, precisamente a eso, a la venta de velas, amuletos, conjuros y ese tipo de parafernalia y memeces esotéricas. Aunque yo no voy a trabajar con magia... Vamos, quiero decir que sí, que si voy a tratar de trabajar con magia, pero una magia enfocada en la manipulación de energías y energías sutiles, y en principio ese me pareció el lugar más idóneo para preguntar por lo que andaba buscando pero en el fondo pensaba que yo, en realidad, a dónde quería ir era a otro lugar muy distinto. E íbamos... bueno, lo que íbamos haciendo Duda y yo no importa tanto ahora, más que nada porque ya ha perdido actualidad... y prosigo... el local estaba cerrado, y había una esquela, que ya es casualidad, y una nota a la puerta comunicando que por motivos personales permanecería cerrado hasta el día ocho por la tarde, y también un teléfono, a dónde llamando se podían realizar consultas de tarot... yo misma acabo de enviar un mensaje ahora a ese número, acompañándole en el sentimiento y preguntando si puedo anunciarlo aquí, en esta bitácora. Por supuesto como el de un tarotista... pero aún no he obtenido una respuesta...
Así que el jueves, Duda y yo terminamos por dirigirnos a aquel otro lugar en el que había estado pensando, una pequeña tienda de filatelia y numismática, que es de dónde proceden las tres mariposas que cuelgan en mi pared, y no muy alejada de esa otra calle que mencionaba en el anterior párrafo.
Duda se quedó fuera, con su atención concentrada en una llamada... Pero cuando tuve que probarme la cadena de plata, le pedí que pasara al interior. Al final me llevé una amatista y un cuarzo rosa, ambos engarzados en un enganche móvil y una cuerda de cuero para fijarlos. También un péndulo de cuarzo blanco para practicar la radiestesia con los dolores, y un precioso colgante de nácar con simétricos y caleidoscopicos visos turquesa. Lo último un capricho que me recordó al quiosco de malaquita de un poema: 'Margarita, está linda la mar y el viento'... pero la serpiente no pudo ser. En vez de eso, el hombre me mostró una hermosa y extraordinaria araña roja, encaramada, sobre ocho patas alargadas de bronce, a un pasador para la ropa . Pero yo hace tiempo que no sueño con arañas, y antes de eso, él se empeñó en hacerme sentir como un bicho raro, porque las cosas que le pedía, - me dijo- no eran lo acostumbrado: 'Es que esto te lo puede pedir una persona de cada veinte'. Pero luego, como yo misma le hice ver, en todo caso no es raro quién demanda, sino quién tiene todas esas existencias que se demandan en su trastienda. Yo sólo había tenido buen ojo para dar con ellas, y sobre todo no quería ese anillo de la calavera que él me mostró e insistió en que me probase... Y fue cuando el giro que estaba dando el asunto no pareció gustarle demasiado y pasó al contrataque: ¿Qué estamos cerca de Halloween o algo así? -preguntó con ironía. Porque la gente cuando empieza a demandarte este tipo de objetos es que ha visto algún programa por la televisión. Sí, -le contesté yo- estamos cerca pero ya lo hemos sobrepasado. ¿Y eso que importa? -me rebatió él hombre de barba tratando de cuestionarme. Todo. Ya sabe, los rituales son para un día en concreto - dije respondiendo a su ironía con una de esas miradas dulces y tranquilas, que lo único que enmascaran son un aguijón punzante, uno de esos que sólo se nota al final, cuando a uno le duele el veneno. Es que los rituales caducan igual que los yogures, caballero, y no se moleste pero yo no soy gótica (eso lo dije por la calavera y mientras le devolvía el anillo que él casi se negaba a tomar; al parecer quería endosármelo como fuera, porque la cliente que se lo había encargado, dijo que debía de haberse olvidado... bueno olvidarse, vale, sí, olvidarse de ir a recogerlo... mejor seria decir arrepentido), y tampoco -añadí-, es que me deje influenciar en demasía por la tele. ¡Vamos, que te vas a quedar con la intriga barbas! Pues esa chica era como tú, y digo yo que no hará falta ser gótica para llevar un anillo así, ¿no?. No lo sé. Puede ser. Yo lo único que digo es que no es lo que busco. Yo quiero una serpiente de plata pero una que sea un colgante.
Y luego sí, más relajadamente, frente a dos refrescos, en un lugar que Duda no conocía, estuvimos planificando como sería el encuentro en mi casa. Coga estaría en el salón, o no, tal vez en nuestra habitación, o no, tal vez no estaría en casa todavía. Ella, entonces, se ríe y me llama cabrona pero da lo mismo porque no va a saberlo. Esa es mi única exigencia. Mientras permanezca en mi casa no sabrá nada con seguridad. Y acordamos que se vendría caminando. Mejor dejar el coche aparcado en el garaje y regresar en taxi luego, o a pie, si le apeteciese darse un paseo que es lo que más suele apetecerme luego a mí. Y también que se colocaría un antifaz nada más traspasar la puerta de la calle. Yo se lo pondría, a oscuras, en el pasillo. Luego la guiaría a ciegas por una casa que desconoce y le daría de beber una copa de Baileys. Quedamos en que sería eso. Algo suave mientras le lío un cigarro de marihuana y la voy colocando poco a poco. Después, en cuanto me asegurase de que el globo es profundo, me tocaría a mí y es cuando las dos quedaríamos bajo la tutela de Coga. Duda dice que confía en mí al máximo y yo creo que Coga está preparado para pasar por la experiencia.
Pero no he hablado aún de la tarde de ayer y de los cristales, ¿verdad? No, eso aún no lo he hecho.